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“Me río de los políticos porque ellos se ríen de nosotros”

A los 77 años, el experimentado humorista argentino volverá a reírse de los grandes asuntos de la vida política nacional e internacional en Otra vez sopa , espectáculo producido por Carlos Rottemberg que arrancará mañana, a las 20.30, en el Liceo (Rivadavia 1499), el mismo donde, en 1982 y dirigido por Antonio Gasalla, estrenó Pan y circo , uno de sus clásicos. “Aquélla era la historia del mundo, desde la época de Nerón hasta la de la guerra de Vietnam. Terminaba disfrazado de ángel, mirando desde el cielo lo que estaba pasando en el año 3000. Fue la primera y última vez que recibí amenazas anónimas. Tuvimos que hacer varias funciones con custodia policial”, recuerda Pinti.

Por suerte para todos, las cosas cambiaron y hoy Pinti puede trabajar tranquilo. Lo que no varió demasiado, dice él, es el blanco al que acostumbra a apuntar sus dardos: la política. “Ya en la época en la que escribía para Gasalla teníamos un personaje que se llamaba Matilde, un ama de casa que cuando le preguntaban qué nos había pasado como país, respondía siempre: “Los gobiernos, los gobiernos, eso nos pasó”.

-¿No es riesgoso instalar la idea de que todos los políticos son lo mismo? ¿Qué otra vía hay para organizarnos, si no es la política?

-Yo creo que los políticos no sirven para un carajo. Y la prueba es cómo está el mundo. Los países europeos no logran evitar la entrada al continente de un tipo con antecedentes terroristas. Fijate lo que pasó en Bélgica, un país que uno supone muy organizado. Hay mucho blablá de los políticos. Y muy pocos hechos concretos. El político es indispensable, sin política no hay vida social, está claro. Pero ver cómo está el mundo basta para darse cuenta de la responsabilidad en el desastre de los que toman decisiones. El ciudadano común tiene una responsabilidad limitada porque no toma todas las decisiones. Ahora que tengo dificultades para caminar me di cuenta de que un altísimo porcentaje de las rampas de la ciudad de Buenos Aires están destruidas o en muy mal estado. Y me tropiezo cada dos por tres. ¿Las autoridades del gobierno de la ciudad piensan en eso? ¿O soy yo el culpable? ¿Quién tiene la culpa de la crisis energética, si no son los políticos que tomaron decisiones en ese terreno? Yo vengo pagando la luz todos los santos meses, desde que tengo memoria. Si viviéramos en un lugar con terremotos, tornados y tsunamis, vaya y pase. Pero curiosamente a los japoneses, que viven en una isla que sufre todos esos inconvenientes, no les pasa. Las empresas cobraron todos los subsidios estatales y no invirtieron un peso. ¿Quién les hizo ese regalo? Empezó todo con el turco inmortal, que les propició un negocio incomparable. Ésa fue una decisión política. Que se entienda: no es que no sirve la política, no sirven los pejerreyes que tenemos.

-Hoy en la Argentina está muy en boga el stand up. ¿Te sentís una especie de precursor del género?

-De alguna manera, sí. Porque el stand up lo hace una persona de pie, contándote algo. Es un monologuista, en definitiva. Por lo general, los que hacen stand up acá hablan menos de política y más de temas cotidianos, de las relaciones humanas, con mayor o menor profundidad. Incluso en los Estados Unidos es así, con excepciones como la de Lenny Bruce, por nombrar un caso notable. Yo arranqué en el café concert por necesidad. Como no teníamos adónde ir, inventamos eso. Todos los monologuistas de esa época teníamos una formación sólida, trabajada con maestros del teatro independiente o directamente del conservatorio. Hablo de gente como Carlos Perciavalle, Antonio Gasalla, Edda Díaz… No éramos loquitos que hacíamos cualquier cosa. Éramos gente formada y con mucha disciplina. Cuando decidimos vivir de la profesión, la televisión no nos quería. Los programas cómicos como La tuerca y Operación Ja Ja tenían elencos estables. Entonces encontramos la salida del café concert.

-¿Cómo era el humor de aquella época?

-En algún punto, más irreverente que el de hoy. Ya en 1973, el año de la vuelta de Perón, con el país transformado en una caldera, empecé con Historias recogidas, donde me tomaba en broma todas las tragedias conocidas, desde Sófocles hasta ese momento, y les contraponía el elemento movilizador de la comedia. Era un espectáculo para un público informado, que sabía muy bien de qué estaba hablando. Y decía cosas fuertes. Se encontraban Lady Macbeth y Hitler en el infierno. Hitler veía que ella tenía las manos ensagrentadas y le decía: “Sos una estúpida, yo con mis víctimas hice jabón”. Había una incorrección política que hoy sonaría inadecuada. Entraba a escena con una peluca y anteojos, con un look parecido al de Peter Sellers en ¿Qué pasa, Pussycat? Y hablaba de temas pesados, de guerras, matanzas, hipocresías y falsos puritanismos, siempre con el objetivo de hacer reír.

-¿Pensás que tenés sucesores?

-No veo gente que se dedique al humor político con mi estilo, pero sí muchos que, trabajando de otra manera, me gustan mucho. Diego Capusotto, por ejemplo. Pinta a nuestra sociedad de una manera muy crítica y muy profunda. No es un monologuista, pero sin dudas es un humorista talentoso. Lo mismo Alfredo Casero, otro con una impronta muy personal. Ya me pasó muchas veces que en un taxi o en la calle me dicen que no hay más humoristas como Gasalla o como yo. Pero lo mismo me decían a mí cuando empecé y me hablaban de Adolfo Stray, Pepe Marrone, el Negro Olmedo y Jorge Porcel. Hoy hay muchos cómicos buenos: pienso en Chicos Católicos, en Laura Oliva… Pero no me parece que haya que hablar de sucesores. Todos somos irrepetibles. La Argentina es una cantera inagotable de talentos para la comedia. Ojalá los políticos tuvieran el nivel que tienen nuestros artistas, desde Borges y Bioy Casares hasta Olmedo y Porcel.

-Durante años hiciste espectáculos muy extensos, como Salsa criolla. Otra vez sopa dura 75 minutos. ¿Tiene, de todos modos, una estructura parecida a la de tus shows más exitosos?

-Sí, es parecido, pero ahora me canso mucho más. No puedo estar tanto tiempo parado en el escenario, así que tengo un escritorio y el espectáculo es más corto. Los monólogos tienen una estructura y sobre esa estructura voy improvisando, de acuerdo con lo que va apareciendo en cada función. Toco los mismos temas, pero van variando un poquito los monólogos de acuerdo con el clima de cada día. Básicamente, cuento cómo, desde hace años, en este país las cosas se repiten todo el tiempo, ésa es una de las claves de mis monólogos. Cristina acusaba de destituyente a todo aquel que la criticaba. Y ahora dicen que hay gente que quiere que al país le vaya mal. Es más o menos lo mismo. También hay muchos cambios repentinos: de una semana a otra, Massa pasó de ser amigo del Gobierno a convertirse en un impostor. Me río de los políticos porque ellos se ríen de nosotros.

Por: Alejandro Lingenti

Medio: La Nación

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